lunes, 1 de abril de 2013

Nidos vacíos, ensueños de refugio "Tras la Huella de Karl Blossfledt"

































































































































Hubo en un siglo un día
que duró muchos siglos.



Seis hombres poblaron la Tierra de los árboles: los tres que venían en el viento y los tres que venían en el agua, aunque no se veían más que tres. Tres estaban escondidos en el río y sólo les veían los que venían en el viento cuando bajaban del monte a beber agua.
Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles.
Los tres que venían en el viento correteaban en la libertad de las campiñas sembradas de maravillas.
Los tres que venían en el agua se colgaban de las ramas de los árboles copiados en el río a morder las frutas o a espantar los pájaros, que eran muchos y de todos colores.
Los tres que venían en el viento despertaban a la tierra, como los pájaros, antes que saliera el sol, y anochecido, los tres que venían en el agua se tendían como los peces en el fondo del río, sobre las yerbas pálidas y elásticas, fingiendo gran fatiga; acostaban a la tierra antes que cayera el sol.
Los tres que venían en el viento, como los pájaros, se alimentaban de frutas.
Los tres que venían en el agua, como los peces, se alimentaban de estrellas.
Los tres que venían en el viento pasaban la noche en los bosques, bajo las hojas que las culebras perdidizas removían a instantes o en lo alto de las ramas, entre ardillas, pizotes, micos, micoleones, garrobos y mapaches.
Y los tres que venían en el agua, ocultos en la flor de las pozas o en las madrigueras de lagartos que libraban batallas como sueños o anclaban a dormir como piraguas.
Y en los árboles que venían en el viento y pasaban en el agua, los tres que venían en el viento, los tres que venían en el agua, mitigaban el hambre sin separar los frutos buenos de los malos, porque a los primeros hombres les fue dado comprender que no hay fruto malo; todos son sangre de la tierra, dulcificada o avinagrada según el árbol que la tiene.
—¡Nido! . . .
Pió Monte en un Ave.
Uno de los del viento volvió a ver sus compañeros le llamaron Nido.
Monte en un Ave era el recuerdo de su madre y su padre, bestia color de agua llovida que mataron en el mar para ganar la tierra, de pupilas doradas que guardaban al fondo dos crucecitas negras, olorosa a pescado, femenina como dedo meñique.
A su muerte ganaron la costa húmeda, surgiendo en el paisaje de la plana, que tenía cierta tonalidad de ensalmo: los chopos dispersos y lejanos, los bosques, las montañas, el río que en el panorama del valle se iba quedando inmóvil... ¡La Tierra de los Árboles!
Avanzaron sin dificultad por aquella naturaleza costeña, fina como la luz de los diamantes, hasta la coronilla verde de los cabazos próximos, y al acercarse al río la primera vez, a mitigar la sed, vieron caer tres hombres al agua.
Nido calmo a sus compañeros—extrañas plantas móviles—, que miraban sus retratos en el río sin poder hablar.
—¡Son nuestras máscaras, tras ellas se ocultan nuestras caras! ¡Son nuestros dobles, con ellos nos podemos disfrazar! ¡Son nuestra madre, nuestro padre, Monte en un Ave, que matamos para ganar la tierra! ¡Nuestro nahual! ¡Nuestro natal!
La selva prolongaba el mar en tierra firme. Aire líquido, hialino casi bajo las ramas, con trasparencias azules en el claroscuro de la superficie y verdes de fruta en lo profundo.
Como si se acabara de retirar el mar, se veía el agua hecha luz en cada hoja, en cada bejuco, en cada reptil, en cada flor, en cada insecto...
La selva continuaba hacia el Volcán henchida, tupida, crecida, crepitante, con estéril fecundidad de víbora: océano de hojas reventando en rocas o anegado en pastos, donde las huellas de los plantígrados dibujaban mariposas y leucocitos el sol.
Algo que se quebró en las nubes sacó a los tres hombres de su deslumbramiento.
Dos montañas movían los párpados a un paso del río:
La que llamaban Cabrakán, montaña capacitada para tronchar una selva entre sus brazos y levantar una ciudad sobre sus hombros, escupió saliva de fuego hasta encender la tierra.
Y la encendió.
La que llamaban Hurakán, montaña de nubes, subió al volcán a pelar el cráter con las uñas.
El cielo, repentinamente nublado, detenido el día sin sol, amilanadas las aves que escapaban por cientos de canastos, apenas se oía el grito de los tres hombres que venían en el viento, indefensos como los árboles sobre la tierra tibia.
En las tinieblas huían los monos, quedando de su fuga el eco perdido entre las ramas. Como exhalaciones pasaban los venados. En grandes remolinos se enredaban los coches de monte, torpes, con las pupilas cenicientas.
Huían los coyotes, desnudando los dientes en la sombra al rozarse unos con otros, ¡qué largo escalofrío...!
Huían los camaleones, cambiando de colores por el miedo; los tacuazines, las iguanas, los tepescuintes, los conejos, los murciélagos, los sapos, los cangrejos, los cutetes, las taltuzas, los pizotes, los chinchintores, cuya sombra mata.
Huían los cantiles, seguidos de las víboras de cascabel, que con las culebras silbadoras y las cuereadoras dejaban a lo largo de la cordillera la impresión salvaje de una fuga en diligencia. El silbo penetrante uníase al ruido de los cascabeles y al chasquido de las cuereadoras que aquí y allá enterraban la cabeza, descargando latigazos para abrirse campo.
Huían los camaleones, huían las dantas, huían los basiliscos, que en ese tiempo mataban con la mirada; los jaguares (follajes salpicados de sol), los pumas de pelambre dócil, los lagartos, los topos, las tortugas, los ratones, los zorrillos, los armados, los puercoespines, las moscas, las hormigas. . .
Y a grandes saltos empezaron a huir las piedras, dando contra las ceibas, que caían como gallinas muertas, y a todo correr, las aguas, llevando en las encías una gran sed blanca, perseguidas por la sangre venosa de la tierra, lava quemante que borraba las huellas de las patas de los venados, de los conejos, de los pumas, de los jaguares, de los coyotes; las huellas de los peces en el río hirviente; las huellas de las aves en el espacio que alumbraba un polvito de luz quemada, de ceniza de luz. Las estrellas cayeron sin mojarse las pestañas en la visión del mar. Cayeron en las manos de la tierra, mendiga ciega que no sabiendo que eran estrellas, por no quemarse, las apagó.
Nido vio desaparecer a sus compañeros, arrebatados por el viento, y a sus dobles, en el agua, arrebatados por el fuego, a través de maizales que caían del cielo en los relámpagos, y cuando estuvo solo vivió el Símbolo. Dice el Símbolo: Hubo en un siglo un día que duró muchos siglos.
Un día que fue todo mediodía, un día de cristal intacto, clarísimo, sin crepúsculo ni aurora.
—Nido—le dijo el corazón—, al final de este camino...
Y no continuó porque una golondrina pasó muy cerca para oír lo que decía.
Y en vano esperó después la voz de su corazón, renaciendo en cambio, a manera de otra voz en su alma, el deseo de andar hacia un país desconocido.
Oyó que le llamaban. Al sin fin de un caminito, pintado en el paisaje como el pan de una culebra, le llamaba una voz muy honda.
Las arenas del camino, al pasar él convertíase en alas, y era de ver cómo a sus espaldas se alzaba al cielo un listón blanco, sin dejar huella en la tierra.
Anduvo y anduvo...
Adelante, un rapique circundo los espacios. Las campanas entre las nubes repetían su nombre:
¡Nido!
¡Nido! ¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido! ¡Nido!
Los árboles se poblaron de nidos. Y vio un santo, una azucena y un niño. Santo, flor y niño, la trinidad le recibía. Y oyó:
¡Nido!, quiero que me levantes un templo!
La voz se deshizo como manojo de rosas sacudidas al viento y florecieron azucenas en la mano del santo y sonrisas en la boca del niño.
Dulce regreso de aquel país lejano en medio de una nube de abalorio. El Volcán apagaba sus entrañas—en su interior había llorado a cántaros la tierra lágrimas recogidas en un algo, y Nido, que era joven, después de un día que duró muchos siglos, volvió viejo, no quedándole tiempo sino para fundar un pueblo de cien casitas alrededor de un templo.
  
Leyenda del Volcán "Leyendas de Guatemala" 1930 Miguel Ángel Asturias 
  
"Tras la Huella de Karl Blossfeldt" dibujos a tinta china de Inés González 
 

4 comentarios:

Inés González dijo...

La mañana del día 14 de febrero de 2013 llegaba a mis manos una pequeña caja.
Un regalo inesperado, misterioso.
Ansiosa rompí el papel y abrí la preciosa caja, en su interior envuelto con sumo mimo descansaba un algodonoso nido.
El verde original que la humedad había producido en sus paredes palidecía, era tan tierno, tan delicado que me dio miedo tocarlo.
Junto al nido una carta reposaba en el fondo de la caja.
Paso a transcribirla íntegramente:

Para un hombre que desde niño trabajó la tierra de otros su sueño era tener un puñado de tierra propia.
Pasaron muchos años hasta poder conseguirlo. No fue esa extensión interminable que no alcanza la vista ni mucho menos. Algunos puñados no más.
Plantó vid y cuando su jornada en tierra de otros acababa volvía sin detenerse en el bar como otros hombres. Si lo hubiera hecho nada de luz quedaría que le permitiera ir a la tierra...a la tierra suya.
Aunque solo fuera quitar un sarmiento, para eso iba.
Este puñado de tierra está en una era que se llama "Los Guapos".
Muchos años después cuando la viña había desaparecido y olivos ocuparon su lugar algunos pajarillos decidieron construir su nido allí.
Míralo Inés qué pequeño. Me inspira ternura lo "tiernito" que es, lo acolchado.
Luciana puede estar tranquila, ya estaba en el suelo.
Después de una lluvia intensa, aguantando a la intemperie.
Mi hermano me lo trajo el domingo. Y pensé en regalártelo. Para que lo pongas donde quieras, quizás en tu taller.
Esa era "Los Guapos" forma parte de mi "casa". La de los sueños y los ensueños. La de la soledad de la infancia. A la que siempre regresamos.
Es por eso que este nido es parte de nuestra trama ahora, la tuya y la mía.
Carmen Linares Muñoz

De más está decirles la emoción que me produjo este curioso regalo.
El Nido Algodonoso no sólo está en mi taller, forma parte de las innumerables creaciones que pueblan mis días, como bien dice mi amiga Carmen es eslabón fundamental de esta trama apasionada de imágenes de ensueños y refugios.
Sin él, ni otros nidos generosamente cedidos, esta obra no habría nacido.

icaro dijo...

Inés...vengo a esta hora de descanso a mirar nuevamente tus nidos, a revivir ese día que duró muchos siglos, a abrazar la corteza de los árboles...su hogar

Ahora que acabo de lavarme las manos que han estado hundidas en tierra. La primavera ha despertado en pocos días con una fuerza, diría que brutal, casi cegadora. Mi celindo es un espectáculo blanco, el limonero está cargadito de azahar; he trasplantado romero y algunas plantas de flor: tengo blancas, amarillas, malvas...y estoy haciendo hueco a mi rosal favorito, mis rosas caninas pronto estarán en "casa".

Miro hacia dentro y ahí están los nidos...ensueños de refugio. Es una visión doble, siempre que los miro "veo" también los tuyos

La primavera ha irrumpido con fuerza, y personas, animales y plantas reavivan con ímpetu la vida "hacia fuera".

Yo lo estoy haciendo con prudencia y deleite, dirigiendo la vista (otra vez) hacia los refugios íntimos, los cobijos verdaderos, con las manos en la tierra, mirando las ramas. Buscando ya, siempre, nidos.

Esta trama apasionada ¡ha sido, es, tan importante para mí!

Un abrazo grande Inés

maddsolutiononline dijo...
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maddsolutiononline dijo...
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