jueves, 30 de abril de 2009

En estos días


En estos días aciagos, de profunda incertidumbre, cuando el porvenir como planteaba Jaques Derrida sólo puede anticiparse bajo la forma de peligro absoluto, es necesario, casi imprescindible volver a Rilke, a modo de exorcismo, de escape, de huida.
Dos poemas les regalo en esta entrada, el primero un poema de amor del Libro de las horas, detrás de este singular libro de oraciones está Rusia, la inmensidad de la estepa, el silencio, la "tercera dimensión" del hombre ruso, el amor de Rilke por la escritora Lou Andreas Salomé; y todo lo que sobrecogió al poeta en los primeros años del siglo XX.
El segundo, un poema titulado "El lector" de El libro de las imágenes.
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Apágame los ojos: puedo verte;
ciérrame las orejas: puedo oírte,
y sin pies puedo andar hacia ti,
y aún sin boca puedo invocarte.
Arráncame los brazos y te asiré
con el corazón como con una mano,
detén mi corazón y latirá mi cerebro,
y si incendias mi cerebro
te llevaré en mi sangre.
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El lector
Ya hacía rato que leía. Desde que la tarde,
con rumor de lluvia, reposaba junto a las ventanas.
Del viento de afuera ya no oía nada:
tanto pesaba el libro.
Miraba sus hojas como los rasgos de una cara,
oscurecidos por cavilaciones,
y en torno a mi lectura se remansaba el tiempo.
De repente un resplandor baña las páginas,
y en ellas, en lugar del embrollo temeroso de las palabras,
se lee ahora sólo: atardecer, atardecer...
Aún no miro fuera, pero se desgarran
las largas líneas, y las palabras, desprendidas
de sus hilos, se van rodando adonde quieren...
Y entonces lo sé: por encima del ubérrimo
y espléndido jardín, el cielo se ha ensanchado;
el sol había de volver una vez más.
Y ahora, adonde miro, todo se torna noche de verano:
lo que estaba disperso se junta en pocos grupos,
anda oscura la gente por largos caminos,
y lo poco que aún sucede se oye
extrañamente lejos, como si significara algo más.
Y si ahora levanto los ojos del libro,
nada me turbará, y todo será grande.
Lo que vivo aquí dentro, está allí afuera,
y aquí y allá todo es ilimitado;
sólo que me entretejo más con ello
cuando mi mirada se acomoda a los objetos
y a la seria sencillez de las masas;
la tierra crece entonces más allá de sí.
Parece abarcar el cielo entero:
la primera estrella es como la última casa.
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Como el poeta de Praga en estos días les propongo la tarea de convertir la realidad ante la que nos encontramos en una segunda realidad interiorizada, invisible, salvada de las contingencias por las que está amenazada y a las que se encuentra expuesta.

2 comentarios:

La sonrisa de Hiperión dijo...

"Como el poeta de Praga en estos días les propongo la tarea de convertir la realidad ante la que nos encontramos en una segunda realidad interiorizada,"

Lo intentaremos, no te promero nada...
jajajaja

Saludos y un beso!

miarte Mirtya Huizzi dijo...

Quizá en estos días nos envuelva el silencio de la lectura para hacer de una COSA,OTRAS COSAS...
bellos poemas...
Cariños Mirtya