miércoles, 31 de marzo de 2021

La voz del ave





 

La voz del ave 

que la penumbra esconde

ha enmudecido.

Andas por tu jardín.

Algo, lo sé, te falta.

 

El oro de los tigres. Jorge Luis Borges

 

Dibujo a tinta y grafito s/papel Zerkall 300gr de Inés González

miércoles, 17 de marzo de 2021

Hago círculos en el vacío







 

 

Hago círculos en el vacío.
Un instante de infinito silencio
y la inmovilidad.
Hay un arquero insomne dentro de mí
y un Sísifo indescifrable
en el espesor de este sueño.
La tristeza es un mineral amargo.
Hay ceniza intacta,
ágata y crustáceos,
en los órganos del llanto.
A oscuras, tu ausencia es fuego.
 
Manuel Vilariño.
 
Dibujo a tinta, grafito, acuarela y acrílico s/papel Zerkall 300gr

lunes, 8 de marzo de 2021

Pozos recurrentes





 

 

 

El silencio tiene mil brazos
Uno me capturó
En una nube de tinta negra como azabache
Me apretaba contra su boca el pulpo
Y arrojé sofocado mi amor
Como una piedra en un pozo eterno
 
Lars Forsell
 
Dibujo a tinta, grafito y carbón s/papel Zerkall 300gr

viernes, 30 de octubre de 2020

Tras la huella de Jorge Luis Borges. La rosa profunda







 

 

 

Cuando los relojes de la media noche prodiguen
un tiempo generoso,
iré más lejos que los bogavantes de Ulises
a la región del sueño, inaccesible
a la memoria humana.
De esa región inmersa rescato restos
que no acabo de comprender:
hierbas de sencilla botánica,
animales algo diversos,
diálogos con los muertos,
rostros que realmente son máscaras,
palabras de lenguajes muy antiguos
y a veces un horror incomparable
al que nos puede dar el día.
Seré todos o nadie. Seré el otro
que sin saberlo soy, el que ha mirado
ese otro sueño, mi vigilia. La juzga,
resignado y sonriente.

Jorge Luis Borges. La rosa profunda (1975)
 
Dibujo a tinta, grafito, carbón y acrílico s/papel de Inés González

viernes, 23 de octubre de 2020

Tras las huellas de Jorge Luis Borges. El reloj de arena









 

El reloj de arena

 

Está bien que se mida con la dura

sombra que una columna en el estío

arroja o con el agua de aquel río

en que Heráclito vio nuestra locura.

 

El tiempo, ya que al tiempo y al destino

se parecen los dos: la imponderable

sombra diurna y el curso irrevocable

del agua que prosigue su camino.

 

Está bien, pero el tiempo en los desiertos

otra sustancia halló, suave y pesada,

que parece haber sido imaginada

para medir el tiempo de los muertos.

 

Surge así el alegórico instrumento

de los grabados de los diccionarios,

la pieza que los grises anticuarios

relegarán al mundo ceniciento

 

del alfil desparejo, de la espada

inerme, del borroso telescopio,

del sándalo mordido por el opio

del polvo, del azar y de la nada.

 

¿Quién no se ha demorado ante el severo

y tétrico instrumento que acompaña

en la diestra del dios a la guadaña

y cuyas líneas repitió Durero?

 

Por el ápice abierto y el cono inverso

deja caer la cautelosa arena,

otro gradual que se desprende y llena

el cóncavo cristal de su universo.

 

Hay un agrado en observar la arcana

arena que resbala y que declina

y, a punto de caer, se arremolina

con una prisa que es del todo humana.

 

La arena de los ciclos es la misma

e infinita es la historia de la arena;

así, bajo tus dichas o tu pena,

la invulnerable eternidad se abisma.

 

No se detiene nunca la caída.

Yo me desangro, no el cristal. El rito

de decantar la arena es infinito

y con la arena se nos va la vida.

 

En los minutos de la arena creo

sentir el tiempo cósmico: la historia

que encierra en sus espejos la memoria

o que ha disuelto el mágico Leteo.

 

El pilar de humo y el pilar de fuego,

Cartago y Roma y su apretada guerra,

Simón Mago, los siete pies de tierra

que el rey sajón ofrece al rey noruego,

 

todo lo arrastra y pierde este incansable

hilo sutil de arena numerosa.

No he de salvarme yo, fortuita cosa

de tiempo, que es materia deleznable.

 

Jorge Luis Borges. El hacedor (1960)

 

Dibujos a tinta china, acuarela, grafito y acrílico s/papel de Inés González  

miércoles, 14 de octubre de 2020

Tras las huellas de Jorge Luis Borges. El otro









 

 

 

El otro
 
En el primero de sus largos miles
de hexámetros de bronce invoca el griego
a la ardua musa o a un arcano fuego
para cantar la cólera de Aquiles.
Sabía que otro -un Dios- es el que hiere
de brusca luz nuestra labor oscura;
siglos después diría la Escritura
que el Espíritu sopla donde quiere.
La cabal herramienta a su elegido
da el despiadado dios que no se nombra:
a Milton las paredes de la sombra,
el destierro a Cervantes y el olvido.
Suyo es lo que perdura en la memoria
del tiempo secular. Nuestra la escoria.
 
 
El otro, el mismo. (1964)
 
Dibujos a tinta, acuarela y acrílico s/papel de Inés González

martes, 6 de octubre de 2020

Tras las huellas de Jorge Luis Borges











 

 

 Los enigmas

Yo que soy el que ahora está cantando
seré mañana el misterioso, el muerto,
el morador de un mágico y desierto
orbe sin antes ni después ni cuándo.
 
Así afirma la mística. Me creo
indigno del Infierno o de la Gloria,
pero nada predigo. Nuestra historia
cambia como las formas de Proteo.
 
¿Qué errante laberinto, qué blancura
ciega de resplandor será mi suerte,
cuando me entregue el fin de esta aventura
 
la curiosa experiencia de la muerte?
Quiero beber su cristalino Olvido,
ser para siempre; pero no haber sido.
 
Jorge Luis Borges. El otro, el mismo (1964)
 
Dibujos a tinta, grafito, acuarela s/papel Zerkall 600gr 

viernes, 2 de octubre de 2020

Tras las huellas de Jorge Luis Borges






 

 Alguien

 Un hombre trabajado por el tiempo,
un hombre que ni siquiera espera la muerte
(las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal),
un hombre que ha aprendido a agradecer
las modestas limosnas de los días:
el sueño, la rutina, el sabor del agua,
una no sospechada etimología,
un verso latino o sajón,
la memoria de una mujer que lo ha abandonado
hace ya tantos años
que hoy puede recordarla sin amargura,
un hombre que no ignora que el presente
ya es el porvenir y el olvido,
un hombre que ha sido desleal
y con el que fueron desleales,
puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
una misteriosa felicidad
que no viene del lado de la esperanza
sino de una antigua inocencia,
de su propia raíz o de un dios disperso.

Sabe que no debe mirarla de cerca,
porque hay razones más terribles que tigres
que le demostrarán su obligación
de ser un desdichado,
pero humildemente recibe
esa felicidad, esa ráfaga.

Quizá en la muerte para siempre seremos,
cuando el polvo sea polvo,
esa indescifrable raíz,
de la cual para siempre crecerá,
ecuánime o atroz,
nuestro solitario cielo o infierno.

 Jorge Luis Borges, El otro, el mismo (1964)

Dibujos a tinta, acuarela, grafito s/cartulina de Inés González